Otra respuesta critiana
En el mundo de la política contemporánea del Hemisferio Occidental no parece haber nada más común que la religión. Hay ciertamente un renacer religioso. Pero de signos muy distintos. La ideología del mercado globalizado, cuyo valor supremo es el enriquecimiento rápido a cualquier costo, provoca vacíos en la conciencia humana, sobre todo por la ausencia de comunidad. Lo que vale es el individuo. La respuesta a ese vacío tiene hoy una oferta muy diversificada.
Las masas creyentes -siempre en Occidente- se mantienen divididas entre musulmanes y cristianos. Los judíos tienen importancia política, pero no religiosa. Los primeros, cautivos de una fusión entre conciencia religiosa, digamos fe en un Dios, organización civil (códigos, tribunales, costumbres, etc.) y estado. Los gobiernos se sostienen gracias a su condición de garantes de esa religión, al control oligárquico -en algún sentido monárquico o de la familia de los jeques- de la riqueza nacional y al apoyo oportunista de las potencias occidentales. Son socios en los negocios.
En el campo de los cristianos hay, sin embargo, una diversidad asombrosa y hasta cierto punto incomprensible de respuestas. Con la excepción que citaré más adelante, ninguna de las respuestas cristianas parece dialogar con los pueblos hasta ahora históricamente cristianos y menos hacer adeptos entre pueblos de otras tradiciones.
La respuesta de las estructuras de gobierno de las distintas comunidades cristianas, tanto católicas como protestantes u ortodoxas, está concentrada en su monopolio de la representación de Dios en la tierra y de su autoridad para interpretar los textos bíblicos. Gozan de los réditos de un ingente patrimonio económico, que, además, se incrementa con las donaciones de sus fieles que consideran que los donativos van a Dios.
Los mandatarios occidentales, con Bush, Sarkozy y Daniel Ortega la cabeza, se les arriman, piden sus bendiciones y se toman fotografías con ellos para legitimar sus políticas. Los jerarcas religiosos y los hombres de gobierno se hacen concesiones mutuas para mutuo beneficio. Hay también excepciones como Castro y Chávez.
Esa respuesta tiene una clientela: los sectores sociales acomodados, de mentalidad mágica o supersticiosa, que creen que Dios se complace, se aplaca o se hace la vista gorda -para no decir que se deja sobornar- por ritos, donativos, templos suntuosos, ornamentos lujosos y muchas otras cosas más. Un arzobispo me dijo no hace mucho que esa clientela acudía a “supermercados” de sacramentos. Generalmente bautizos, matrimonios y funerales.
También son los que sin más “religión” que un superficial y automático “Dios lo acompañe”, “Dios lo bendiga” y otras jaculatorias por el estilo creen dar testimonio de su fe o marear a Dios para que no les tome en cuenta sus “pecados”.
El pueblo pobre, sin embargo, que no vive más que de su trabajo y que no tiene más que la esperanza de que algún día su precariedad se convertirá en beatitud, tiene fe. A lo mejor, también mezcla de superstición, magia o fantasía. Pero es todo lo que tiene. Se aferra a ella como su única razón de seguir con vida. Para ellos apareció Jesús.
En medio de aquellas iglesias clericalizadas siempre ha estado presente otra respuesta de auténtico seguimiento de Jesucristo. Y esta otra respuesta sale hoy al encuentro no sólo de los desafíos de la ciencia moderna a las rígidas formulaciones de la envejecida o moribunda teología medieval, sino a la condición social de las masas populares y empobrecidas por la explotación del sistema capitalista.
Desde el inicio del cristianismo existió esa tensión dialéctica entre el verdadero seguimiento de Jesucristo y la instalación acomodada de una institución de poder. Siempre ha habido un papado y un Francisco de Asís, obispos banqueros y hombres y mujeres heroicos en nombre de la fe. Hoy también los hay.
Forman parte de esa respuesta los tres documentos cuyo enlace se encuentra al pie de este mismo artículo. La crisis alimentaria y energética, con sus consecuencias sociales y políticas no ha hecho más que anunciarse. ¿Seremos capaces de abortar la violencia y el terrorismo en la búsqueda de nuevos sistemas de convivencia? Por el momento, hemos perdido la seguridad ciudadana. ¿Perderemos también el civismo, el sentido de solidaridad, la vivencia de la igualdad y de la justicia?
Gracias a todos los que firmaron la declaración de La Garita, incluidos algunos obispos y sacerdotes. Gracias a los Curas por la vida. Gracias a los dirigentes y participantes del Foro Social por Costa Rica.
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Publicado: 30 Jun 2008