El abrigo de visón


Para no ponernos pesados, un cuento

A Keta

Javier Solís

¡Se están creyendo que me van a meter gato por liebre! ¡Sólo eso faltaba! Treinta años de lucha, trabajo y constancia no pueden venirse abajo en una noche. Le advertí bien a Conchita que no se alejara mucho durante la recepción del armario donde guardaban los abrigos. Uno nunca sabe lo que puede pasar en estas embajadas tercermundistas. No podíamos arriesgar más de tres años de pagos mensuales a la peletería. ¡Cómo no se me ocurrió que las cleptómanas de la alta sociedad podrían robarse el visón de Conchita y que este embajador de Costa Risa no tendría un seguro para las prendas de vestir! ¡Mira que creer que nos podrían dar otro abrigo!

Fue mi culpa por insistir en que era la ocasión de nuestra vida para lucir el abrigo de visón. No hacía tanto frío esa noche de finales de enero en Madrid. Pero era una recepción en honor del Presidente de la República. No había que excluir que estuviera allí más de un famoso y quizá algún periodista o fotógrafo.  Pero no te afanes, Conchita. Dejamos atrás Caña dulce pa’moler, cuando tenga mi casita y una milpa y buenos bueyes.  Hoy reivindicamos nuestro derecho a vestir y comportarnos como aristócratas citadinos. Ahora ceceo, hablo de tú, hablo con zeta y soy español. Dejé de ser un polo herediano. Tienes que olvidarte de que yo vine con una beca del Instituto de Cultura Hispánica patrocinado por el régimen franquista, destinado a volver. Mi patria es España. Voto por el Partido Popular, que es el de la gente de bien, el de los católicos, el del dinero. Soy el Doctor Benavides, pensionado de una multinacional que compró la empresa española. Tampoco son tus tiempos de empleada de una peletería y tú eres una señora bien vestida que va de compras por la Calle Serrano. No vamos a dejar que nos humillen. No. No queremos otro abrigo. Sólo aceptaremos tu visón.

¡Vaya faena! Mi abrigo de visón. ¿Echarme a morir? Era diseño de Carolina. Idéntico al que llevaba la hermana del Rey en la última edición de Hola. En las otras revistas del corazón nunca había visto ese modelo. Claro, con la poca ropa que se lleva hoy, sobre todo en los círculos de las famosas, sólo las señoras mayores de la más conservadora aristocracia lucen una prenda como esa, ya pasadita de moda. Pero eso es lo que le da gusto a Armando. ¡Vaya aspiraciones! Salir algún día  en una fotografía a todo color en Hola, en Semana o en Siete días, no importa. Cuántas amigas se morirían de envidia. Cuántas llamarían por teléfono para insistir en que son tus amigas. Verse en las mismas páginas de los miembros de la Casa Real, de los nobles y aristócratas, aunque la mayoría sean falsos o no ganen ni para aparentar; en las mismas páginas de las que se casan dos, tres, cuatro y hasta cinco veces, con joyas y circo, pero sin amor, sin compañía. La boda. ¡Vaya! ¿Quién la toma en serio? Las revistas de las artistas de los escándalos o de las que venden las fotos exclusivas de las intimidades familiares, incluyendo los muertos o los niños menores. ¡Salir en las revistas del corazón! Las páginas de las modelos de belleza y presentadoras de televisión, con más huesos que cuerpo y, sobre todo, las de las putas famosas. Ser puta hoy ya no es escandaloso ni reprobable ni infamante. Menos si sales en Hola o en Interview, desnuda. Sólo siguen siendo condenadas las pobres, las africanas, rumanas, sudamericanas o filipinas, las que cobran barato porque sus clientes no pueden pagar mucho y atienden por cientos en la calzada de la Casa de Campo y en el Paseo de la Castellana. Esas no salen en las revistas. Hay que ver las que ponen en las portadas. ¿Envidia? No lo sé. Como dice Armando, hoy aquí todo depende del dinero o del poder. Se puede prescindir del poder, pero no del dinero. Por lo menos hay que aparentar tenerlo. De lo contrario pasas a engrosar la masa de las sudacas que vienen a trabajar en el servicio doméstico. Siempre sospechosas de ser delincuentes, ladronas, vagabundas o sucias. En vez de publicidad reciben malos tratos, humillaciones, salarios de hambre y descalificaciones racistas. Ni comprando en El Corte Inglés logran el reconocimiento los nuevos conquistadores. Un abrigo de visón hace la diferencia.

Señor Embajador, lo buscan dos agentes de investigación de la policía. Necesitan hablar con usted, señor Embajador, porque el doctor Benavides ha presentado una demanda en su contra por la desaparición de un abrigo de visón en su residencia. Claro, señor Embajador, me han advertido que si usted no quiere, no está obligado a recibirlos. Señor Embajador, yo estoy muy asustada porque en su ausencia vino la hija del doctor Benavides, que es abogada, exigiendo de muy mal modo que yo le entregara la lista de sus invitados a la recepción del Presidente con sus respectivos teléfonos y que si no,  yo misma los llamara en nombre de la Embajada notificándoles que la noche de la recepción en su residencia se había perdido un abrigo de visón. ¡Qué genio, señor Embajador! Ella le dijo a la Ministro Consejera que si no aparecía el verdadero abrigo, usted lo tendría que pagar, porque ya habían llevado el otro, el que quedó al final de la recepción y que usted les entregó como garantía mientras aparecía el propio, al valuador peletero y les declaró que era más viejo y más barato. Dijo que el abrigo de su mamá valía medio millón de pesetas, señor Embajador. Además, señor Embajador, que el abrigo de su mamá tenía unos guantes Chartier en una bolsa, de modo que la que se lo llevó, dijo, tenía que haberse percatado del error, si es que se trató de un error, como usted sostiene. Pero ella insiste, señor Embajador, en que se trata de un robo deliberado. Pues bueno, al salir, señor Embajador, le gritó a la Consejera que iría a la policía. Y mire que cumplió, señor Embajador. Ahora están aquí esos dos oficiales, un hombre y una mujer, que vienen por ese asunto. ¿Los hago pasar, señor Embajador?

Armando y yo hemos luchado toda una vida por ser algo más, por dejar atrás el tercer mundo y los pueblos miserables de España. Fue así como compramos mi abrigo de visón. Mientras manteníamos a las niñas en el colegio y la universidad, yo trabajaba como encargada de despacho en una peletería. Eso me obligó a refinarme y me permitió condiciones favorables de crédito para comprarlo. Mientras tanto mis padres y mis hermanos varones se quedaron en el pueblo, atendiendo las tierras y las vacas y las ovejas. Fui a estudiar de interna a un colegio de monjas, gracias a la influencia de un tío cura, pero sin terminar me vine a trabajar a esta ciudad. ¿Qué pensarían mis padres si me vieran ahora afligida por un abrigo de visón? A lo mejor se reirían, pero no es imposible que se enfadaran. Ciertamente mi madre lo haría. ¡Qué falta te hace un abrigo de visón! Mayores afanes hemos tenido tu padre y yo. La mujer honrada no ha menester de visones ni de sedas ni mantones de la China para ser ella. ¡Pobre madre! Murió de enfisema pulmonar por ausencia de asistencia médica en la España profunda. Por eso tengo la sensación de que el reclamo del verdadero abrigo, el mío, no es mi problema. Claro, nos han dado otro. Pero no es igual.

Vengo a poner una denuncia formal y oficial contra la embajada de este país en España. Si este ministerio no satisface mi demanda, nos tendremos que ver en los tribunales. He atravesado el Atlántico para pedir justicia. Ahora, a la desaparición del abrigo de visón de la residencia diplomática, se suma el agravio de ver echada a cajas destempladas a mi hija, a la hija de alguien que nació en este país, de las oficinas de la Embajada. ¡Qué clase de misión diplomática! Primero, en presencia del Presidente, de muchos ministros y parlamentarios de ambos países, muchos representantes diplomáticos, académicos y otras personalidades aristocráticas, desaparece el abrigo de visón de mi esposa, sin que hayamos contado con ninguna colaboración para que la policía lo busque. Y ahora, este agravio personal inaceptable de que hayan echado, así, echado de la Embajada a mi hija que llegó a hacer el reclamo. Quiero dejar sentado en este Ministerio, que nuestro abrigo vale un millón y medio de pesetas.

Señor Embajador, ha llegado una carta del doctor Benavides con una certificación de un peletero de la Calle Goya de que el abrigo de visón perdido vale dos millones de pesetas. Ya han pasado casi tres meses, señor Embajador, y dice que usted va a tener que pagarlo. También llamaron del Ministerio que querían saber cómo va el asunto, porque el doctor Benavides ha hablado con varios ministros hasta el punto de convertir el incidente en motivo de bromas en el Consejo de Gobierno. Yo me siento apenadísima con usted, señor Embajador. ¿Cómo no previmos, señor Embajador, que esa recepción sería en una fría noche de enero y el centenar de invitados vendría con sus gruesos abrigos de invierno? ¡Mire que pasarnos esto, señor Embajador! A medida que fueron llegando se fueron agotando armarios y  perchas.  Varias camas de su casa terminaron por convertirse en montañas desordenadas de abrigos de todos los colores y tamaños y de todos los materiales, entre ellos varios de piel de visón o de zorro, amontonados unos sobre otros. No, ese no es el mío. Es de un tono más claro. El mío es un chal de lana de cachemira del Tibet. A mí búscame uno largo color malva y puños de pluma. Yo llegué de las primeras y tiene que estar en este armario de la entrada. Es una capita roja. No dábamos a vasto, señor Embajador, los miembros del personal de la Embajada, que nos incorporamos a la operación de revolver en las camas y en los armarios para identificar y consignar a su respectiva dueña o dueño su abrigo, a la hora de la despedida. A mí me duele muchísimo que tenga usted que pagar ese abrigo, que cada mes sube de precio.

Me dijo el Embajador que si el juez me daba la razón, él pagaría el abrigo. Todo menos aceptar el que nos entregaron. Ya han pasado más de treses meses. Ha vuelto el frío cuando nadie ya lo esperaba. No te atrevas a usarlo, Conchita,  porque sería un desprestigio. Ya hemos revuelto Roma con Santiago para recuperar el nuestro, sin resultados hasta ahora. Todo menos aceptar éste.

Señor Embajador, acabo de pedirle al chofer que llevara a casa del doctor Benevides la caja con el abrigo de visón que mandó al Embajadora de Panamá. Traía esta nota para usted, con disculpas por la confusión. Parece que anoche, cuando se lo fue a poner para salir, echó de ver que no era ninguno de los suyos.

¡Cómo iban a cambiarnos este abrigo, que es de hembras canadienses, por el nuestro que es de machos escandinavos!

Madrid, 29 de abril de 2000.



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Publicado: 12 Aug 2008
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