A Julio Rodríguez


Javier Solís
jsolis@igso.net

Siempre te consideré un intelectual sólido. En  la diversidad ideológica y en las apreciaciones diferentes de la vida y de los seres humanos, de la historia del pensamiento y de las opciones personales  es más fácil separar el trigo de la paja. Creí que a la desaparición de Manuel Formoso, Enrique Benavides y Guido Fernández, podrías ser el defensor de la libertad que fueron ellos. Estaba convencido de que las denuncias acertadas de La Nación sobre la corrupción pública, personalizada en Calderón, Rodríguez y Figueres, eran de tu inspiración. Te he visto correr riesgos y tomar posición en cuestiones de ética pública y defenderla con valentía.

Pero tu columna del pasado viernes 7 de setiembre logró, como por arte de magia, en menos de tres mil caracteres, echar por tierra esa convicción, que también tenían muchos otros costarricenses.

Nadie te va a aceptar nunca que hayás escrito esa columna sin haber leído el Memorándum del cinismo político. Tampoco que, conociéndolo, consideraras que lo único importante del hecho fuera la forma subrepticia cómo se hizo público.  Menos todavía que no percibieras la depravación de la moral pública que pretende imponer. Tu columna simplemente acató la consigna oficial de la primera reacción. Pretendió esconder una noticia y un criterio político que debió ser denunciado estruendosamente por cualquier periodista o medio de comunicación con ética profesional. Ni el menguado Tribunal de Elecciones pudo ignorar su condición de interés público de la máxima gravedad.

Nadie va a creer que a tu aguda percepción se le escapara que el meollo de la estrategia propuesta es la legitimación de la mentira. No una simple ocultación de la verdad o una verdad a medias. Es el uso de la negación de la verdad. Mentir es válido. Mentir es bueno. Mentir es redituable. La mentira como institución ¿Institución democrática? ¡La defensa de las instituciones! ¡Cuántas veces te has rasgado las vestiduras por la defensa de las instituciones!

¿Quién te va a creer que no te olió a Goebels? ¿No son esos los métodos de acción política que alguna vez condenaste oportunista o deliberadamente como Júpiter tonante o Torquemada redivido en Castro y en Chávez?

Tarde te cogió para rectificar tres días después. Cualquier lector –y tus lectores no son cualesquiera- se da cuenta de que esa rectificación está forzada.

Tampoco es que a los lectores inteligentes de La Nación se les escape que ése es un periódico de clase. De clase poderosa y adinerada, que defiende sus intereses y sus negocios legítimamente dentro de nuestro actual régimen de derecho. Menos aún que ignoren que la cacareada libertad de expresión, ¡y no digamos, de información! la administra la dirección del periódico. La dirección es la que decide qué noticias son importantes, qué espacio ocupan, cuáles colaboraciones se publican y cuándo, qué tiene que decir el editorial. Eso es válido para cualquier periódico. La Nación –todos los sabemos- no es propiedad de los periodistas que trabajan para ella. Éstos aceptan trabajar para ella, muchas veces por el salario. Pero pertenecer al equipo de dirección es otra cosa.

Nadie le pide hoy a los periódicos o noticieros radiofónicos o televisivos que sean “independientes”. Ni siquiera objetivos. No existe la objetividad. Ser el periódico hegemónico de un país, ser una poder fáctico determinante, definir la pauta nacional y la de casi todos los otros medios masivos tiene una obligación básica: ser veraz. Todo queda desnaturalizado, deslegitimado, desautorizado cuando se oculta la verdad y se defiende la mentira como método de acción política y , en este caso, de práctica editorial de un periódico. Después de eso –si mis recuerdos de moral católica no me traicionan- todo se vale. Hasta el tiranicidio, según Santo Tomás de Aquino.

Esta conducta empresarial y profesional de La Nación no es la de siempre. Es cierto que nació y se mantiene, un poco nostálgica y desfasada, como un instrumento de la lucha contra el comunismo. Llegó al lugar que ha ocupado hasta ahora por su buena gestión y su ética liberal. ¿No fueron don Manuel Jiménez de la Guardia y don Jaime Solera patriarcas liberales ejemplares, para señalar a sus dueños más conspicuos? Hoy pienso que teniendo todo el poder en esa empresa, aplicaron el adagio de Cicerón, que estoy seguro conocés muy bien: summum jus, summa injuria.

Tanto el Vicepresidente Casas como el diputado Sánchez Campos han quedado deslegitimados. Su única salida honrosa es la renuncia. ¿qué hará La Nación? Nunca mejor que ahora lo que Amonio atribuye a Aristóteles: Amicus Plato, sed magis amica veritas.     



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Publicado: 23 Feb 2009
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