Aquí va la segunda parte del artículo de Fareed Zakaria, editor de la revista Newsweek International, cuya traducción al español me hizo llegar un amigo. No olvidemos que su piblicación, síntesis de un libro que se llama “The post American World”, es del pasado mes de mayo, anterior al estallido de la crisis financiera de Wall Street. En ese momento Barack Obama no era más que una posibilidad.Los principales actores de la crisis actual se reunieron el fin de semana anterior en Washington D.C. No hubo resultados espectaculares porque los ingredientes, como dice Zakaria, no son muy asibles ni pocos ni uniformes. Señala tres factores novedosos. El primero es la incontrolable difusión de información. La segunda, en gran parte producto de la primera, es la socialización del conocimiento. Y la tercera, paradójicamente producto de la globalización, el nacionalismo creciente. Su tesis es que solo los Estados Unidos tienen los instrumentos para resolver la crisis. El único país latinoamericano que cita entre los actores futuros es Brasil. ¿Le falta algo a su análisis? ¿Es conscientemente partidario de que lo único que vale es el “crecimiento” económico? He ubicado sus datos personales econtrados en FareedZakaria.com al final del artículo. jsII. Las buenas noticias por Fareed Zakaria, Newsweek, 05 de mayo de 2008. Núm. 1319
En julio de 2006, hablé con un miembro de alto rango del gobierno israelí, pocos días después del fin de la guerra de Israel con Hezbolláh. Él estaba realmente preocupado por la seguridad física de su país. Los cohetes de Hezbolláh se habían internado más en Israel de lo que las personas habían creído posible.
La reacción militar había sido ineficaz: Hezbolláh lanzó tantos cohetes el último día de la guerra como el primero. Entonces le pregunté sobre la economía -el área en la que él trabajaba-. Su respuesta fue sorprendente. “Eso nos ha desconcertado a todos”, dijo. “¡El mercado de valores fue más alto el último día de la guerra que el primero! Lo mismo ocurrió con el shekel”. El gobierno estaba asustado, pero el mercado no.
O considere la guerra en Irak, que ha causado un caos y una disfunción profunda y duradera en ese país. Más de dos millones de refugiados se han apiñado en naciones cercanas. Parece ser la clase de crisis política que habrá de desbordarse. Pero cuando he viajado por Oriente Medio durante los últimos años, me ha sorprendido lo poco que los disturbios en Irak han desestabilizado la región. Donde quiera que uno vaya, la gente denuncia airadamente la política exterior estadounidense. Pero la mayoría de los países de Oriente Medio está en auge. Los vecinos de Irak -Turquía, Jordania y Arabia Saudí- disfrutan una prosperidad sin precedentes. Los Estados del Golfo están muy ocupados modernizando sus economías y sus sociedades, pidiendo al Louvre, la Universidad de Nueva York y la Facultad de Medicina de Cornell que establezcan sucursales remotas en el desierto. Hay pocas pruebas de caos, inestabilidad, y fundamentalismo islámico endémico.
La realidad en todo el mundo es de una vitalidad enorme. Por primera vez en la historia, la mayoría de los países del mundo ha puesto en práctica economías sensatas. Considérese la inflación. Durante los últimos 20 años, la hiperinflación, un problema que importunaba a grandes extensiones del mundo desde Turquía hasta Brasil e Indonesia, casi ha desaparecido, dominada por políticas fiscales y monetarias exitosas. Los resultados son claros y aplastantes. La proporción de personas que viven con US$1 al día ha caído de 40 por ciento en 1981 a 18 por ciento en 2004, y se calcula que se reducirá a 12 por ciento para 2015. La pobreza se ha reducido en los países que alojan a 80 por ciento de la población mundial.
Aún existe verdadera pobreza -de manera más preocupante en 50 países que podrían considerarse como casos perdidos, y que alojan a mil millones de personas- pero la tendencia global nunca ha sido más alentadora. ¡La magnitud de la economía mundial ha aumentado más del doble en los últimos 15 años y se acerca a la cifra de US$54 billones! El comercio mundial ha crecido 133 por ciento durante el mismo período. La expansión del pastel económico global ha sido tan grande, y con la participación de tantos países, que se ha convertido en la fuerza dominante de la era actual. Las guerras, el terrorismo, y los conflictos civiles provocan trastornos temporales, pero al final son superados por las olas de la globalización. Es posible que estas circunstancias no duren mucho, pero vale la pena comprender cuál ha sido la situación del mundo durante las últimas décadas.
III. Un nuevo nacionalismoClaro, el crecimiento mundial es responsable también de algunos de los mayores problemas que enfrenta el mundo.
Ha producido toneladas de dinero -los empresarios lo llaman liquidez- que se mueve por el planeta. La combinación de una baja inflación y una gran cantidad de efectivo ha generado tasas de interés bajas, lo cual, a su vez, ha hecho que la gente actúe codiciosa o estúpidamente, o de ambas maneras. Así que, en los últimos 20 años, hemos visto una serie de burbujas -en los países de Asia del Este, las acciones de tecnología, la vivienda, las hipotecas de alto riesgo, y las acciones ordinarias de los mercados emergentes-. El crecimiento también explica uno de los eventos característicos de nuestros tiempos -los precios en aumento de los productos básicos-. El precio de US$100 por barril de petróleo es sólo la punta del iceberg. Casi todos los productos básicos tienen los precios más altos de los últimos 200 años. Los alimentos, cuyos precios estaban al borde del colapso hace algunas décadas, están en un terrible aumento. Nada de esto se debe a las reducciones en el suministro. La creciente demanda mundial es la que fomenta estos precios. El que cada vez más personas coman, beban, laven, conduzcan y consuman afectará el sistema mundial. Quizás sean problemas de alta calidad, pero no dejan de ser problemas profundos.
El efecto más inmediato del crecimiento es la aparición de nuevas potencias económicas en el escenario. Es un accidente de la historia que durante los últimos siglos, los países más ricos del mundo hayan sido muy pequeños en relación con la población. Dinamarca tiene 5.5 millones de habitantes, Países Bajos tienen 16.6 millones. Estados Unidos es el más grande del grupo y ha dominado al mundo industrial avanzado. Pero los verdaderos gigantes -China, India, Brasil- han estado durmiendo, incapaces o indispuestos para unirse al mundo de las economías funcionales. Ahora están en el movimiento y, naturalmente, teniendo en cuenta su tamaño, dejarán una gran huella en el mapa del futuro. Aun si los habitantes de estos países siguen siendo relativamente pobres, su riqueza total como naciones será enorme. O para decirlo de otro modo, cualquier número, sin importar lo pequeño que sea, multiplicado por 2.500 millones se convierte en un número muy grande. (2.500 millones es la población combinada de China e India.)
El surgimiento de China e India es sólo la manifestación más obvia de un mundo naciente. En docenas de países grandes, es posible ver el mismo conjunto de fuerzas -una economía cada vez mayor, una sociedad renaciente, una cultura vibrante, y un sentido creciente del orgullo nacional-. Ese orgullo puede transformarse en algo menos agradable. Para mí, esto quedó claro hace algunos años cuando charlé con un joven ejecutivo chino en un café internet en Shanghai. Él vestía ropa occidental, hablaba fluidamente el inglés y estaba inmerso en la cultura pop mundial. Era un producto de la globalización y hablaba de enlaces y valores cosmopolitas. Por lo menos, lo hizo hasta que comenzamos a hablar acerca de Taiwán, Japón, e incluso de EE UU. (No hablamos del Tíbet, pero estoy seguro de que podría haberlo añadido a esta lista.) Sus respuestas estaban llenas de pasión, belicosidad e intolerancia. Me sentía como si estuviera en Alemania en 1910, hablando con un joven profesional alemán, que habría sido igualmente moderno y con todo, también un nacionalista incondicional.
Al aumentar las vicisitudes económicas, el nacionalismo crece inevitablemente. Imagine que su país ha sido pobre y marginal durante siglos. Finalmente, las cosas mejoran y se convierte en un símbolo del progreso económico y el éxito. Usted estaría orgulloso y ansioso de que su pueblo obtenga el reconocimiento y el respeto de todo el mundo.
En muchos países, tal nacionalismo surge de una frustración reprimida que se relaciona con tener que aceptar un relato occidental, o estadounidense, de la historia mundial -un relato en el que se les asigna un papel inapropiado o de actores secundarios-. A los rusos les ha irritado durante mucho tiempo la manera en la que Occidente recuerda la Segunda Guerra Mundial. Según el relato estadounidense, EE UU y Gran Bretaña derrotan heroicamente a las fuerzas del fascismo. El desembarco en Normandía es el punto culminante de la guerra -el principio del fin-. Pero los rusos señalan que, de hecho, todo el frente occidental fue un espectáculo secundario. Tres cuartas partes del Ejército alemán participaban en el frente oriental, combatiendo a los soldados rusos, y Alemania sufrió 70 por ciento de sus bajas en dicho frente. El frente oriental comprendió más combates en tierra que todos los demás escenarios de la Segunda Guerra Mundial en conjunto.
Siempre han existido perspectivas nacionales divergentes. Pero hoy, gracias a la revolución de la información, se amplifican, repiten y difunden. Donde a veces existían sólo los relatos publicados por el New York Times, Time, Newsweek, la BBC, y CNN, ahora hay docenas de redes y canales locales -desde Al Jazeera y NDTV de Nueva Delhi hasta Telesur de América Latina-. El resultado es que, ahora, el “resto” está analizando las suposiciones y los relatos de Occidente y proporcionando puntos de vista alternativos. Un joven diplomático chino me dijo en 2006: “Cuando ustedes nos dicen que apoyamos a una dictadura en Sudán para tener acceso a su petróleo, lo que me gustaría preguntar es: ‘¿Cómo se diferencia esto de su apoyo a una monarquía medieval en Arabia Saudí?’ Vemos la hipocresía, y no decimos nada –aún-”.
El que las naciones en crecimiento estén aseverando sus ideas e intereses más enérgicamente es inevitable en un mundo post-estadounidense. Esto plantea un enigma -cómo lograr que un mundo con muchos actores trabaje en conjunto-. Los mecanismos tradicionales de cooperación internacional se están deshilachando. El Consejo de Seguridad de NU tiene como miembros permanentes a los vencedores de una guerra que terminó hace más de 60 años.
El G8 no incluye a China, India o Brasil -las tres grandes economías de más rápido crecimiento en el mundo- pero afirma representar a los promotores e impulsores de la economía mundial. Por tradición, el FMI siempre es dirigido por un europeo y el Banco Mundial por un estadounidense. Esta “tradición”, al igual que las costumbres exclusivas de un viejo club campestre, puede resultar encantadora para los miembros. Pero para la mayoría que vive fuera de Occidente, parece intolerable. Nuestro desafío es este: ya sea que el problema sea una disputa comercial o una tragedia de derechos humanos como Darfur o el cambio climático, las únicas soluciones serán aquellas en las que participen muchas naciones. Pero lograr las soluciones en un momento en que más países y organismos no gubernamentales se sienten empoderados será más difícil que nunca.
IV. El próximo siglo estadounidenseMuchos miran la vitalidad de este mundo emergente y llegan a la conclusión de que la época de EE UU terminó. “La globalización está devolviendo el golpe”, señala Gabor Steingart, editor de la revista alemana Der Spiegel, en un exitoso libro. Conforme otros países prosperan, afirma, EE UU ha perdido industrias clave, sus habitantes han dejado de ahorrar dinero, y su gobierno se ha endeudado cada vez más con los bancos asiáticos. La actual crisis financiera ha reforzado aún más tales temores.
Pero demos un paso hacia atrás. En los últimos 20 años, la globalización ha adquirido mayor profundidad. EE UU se ha beneficiado de estas tendencias. Ha disfrutado un crecimiento robusto, un bajo índice de desempleo y de inflación y ha recibido cientos de miles de millones de dólares en inversiones. No son señales del fracaso económico. Sus empresas se han incorporado con éxito en nuevos países e industrias, utilizando cadenas de suministro y tecnología globales para mantenerse en la vanguardia. En realidad, las exportaciones y la fabricación de EE UU han mantenido su terreno y los servicios han estado en auge.
EE UU está clasificado por el Foro Económico Mundial como la economía más competitiva del mundo. Sigue dominando muchas industrias como la nanotecnología, la biotecnología, y docenas de campos más pequeños. Sus universidades son las mejores del mundo, con ocho de ellas entre las 10 mejores y 37 entre las mejores 50, según una clasificación de la Universidad Jiao Tong de Shanghai. Hace algunos años, la Fundación Nacional de Ciencias publicó una estadística preocupante y muy discutida. De acuerdo con este grupo, en 2004, se graduaron 950,000 ingenieros en China e India, mientras que solamente 70,000 se graduaron en EE UU. Pero estas cifras son tremendamente desacertadas. Si excluimos a los mecánicos y técnicos automotrices -que son considerados como ingenieros en las estadísticas chinas e indias- las cifras resultan muy diferentes. Resulta que, per cápita, EE UU forma a más ingenieros que cualquier gigante asiático.
Pero el secreto de EE UU es que la mayoría de estos ingenieros son inmigrantes. Los estudiantes extranjeros e inmigrantes constituyen casi 50 por ciento de los investigadores científicos del país. En 2006, recibieron 40 por ciento de los doctorados. Para 2010, 75 por ciento de los doctorados en ciencias de este país serán otorgados a extranjeros. Cuando estos estudiantes diplomados se instalan en el país, crean oportunidades económicas. La mitad de las nuevas empresas de Silicon Valley tienen un fundador inmigrante o estadounidense de primera generación.
El potencial para un nuevo estallido de productividad estadounidense no depende de nuestro sistema de educación o de nuestros gastos en investigación y desarrollo, sino de nuestras políticas de inmigración. Si se admite y anima a estas personas a quedarse, entonces la innovación se producirá aquí. Si parten, la llevarán consigo.
Ésta es la gran fuerza -potencialmente insuperable- de EE UU. Aún es la sociedad más abierta y flexible del mundo, capaz de absorber a otras personas, culturas, ideas, bienes y servicios. El país prospera gracias al hambre y la energía de los inmigrantes pobres. Frente a las nuevas tecnologías, o los crecientes mercados ultramar, se adapta y se ajusta. Cuando comparamos este dinamismo con las naciones cerradas y jerárquicas que fueron superpotencias, intuimos que EE UU es un país distinto y quizás no caiga en la trampa de volverse rico, gordo y lento.
La sociedad de EE UU puede adaptarse a este nuevo mundo. ¿Pero su gobierno puede hacerlo? Washington está acostumbrado a un mundo en el que todos los caminos llegan a su puerta. EE UU pocas veces ha tenido que preocuparse por tomar como hito al resto del mundo -siempre estaba adelantado-. Pero los nativos se han vuelto muy competentes en el capitalismo y la brecha es menor. Veamos el crecimiento de Londres. Actualmente es el principal centro financiero del mundo -no tanto debido a lo que EE UU hizo mal sino a lo que Londres hizo bien, como mejorar las regulaciones y volverse más favorable al capital extranjero-. O vea el sistema de salud estadounidense, que se ha convertido en una enorme carga. Actualmente, los fabricantes de automóviles dan trabajo a más personas en Ontario, Canadá, que en Michigan debido a que, en Canadá, sus gastos de atención médica son menores. Hace 20 años, EE UU tenía los impuestos corporativos más bajos del mundo. Ahora son los segundos más altos. No es que nuestros impuestos se hayan elevado, sino que los de otros países se redujeron.
La mentalidad provinciana estadounidense es evidente en la política exterior. Económicamente, conforme los otros países crecen, el pastel se extiende y todos ganan. Pero la geopolítica es una lucha para obtener influencias: conforme otras naciones se vuelven más activas internacionalmente, buscan una mayor libertad de acción. Esto significa que la influencia libre de obstáculos de EE UU disminuirá. Pero si el mundo que se está creando tiene más centros de poder, casi todos están investidos por el orden, la estabilidad y el progreso. En lugar de obsesionarnos con nuestros propios intereses a corto plazo y grupos de interés, nuestra prioridad debe ser la de incorporar estas fuerzas crecientes en el sistema global, integrarlas para que, a su vez, amplíen y profundicen los lazos económicos, políticos y culturales del mundo. Si China, India, Rusia y Brasil sienten que tienen un interés en el orden mundial existente, habrá un menor peligro de guerra, depresión, pánico y fracasos. Habrá muchos problemas, crisis, y tensiones, pero ocurrirán contra un telón de fondo de estabilidad sistémica. Esto beneficia a esos países, pero también a EE UU. Es la situación perfecta de ganar-ganar.
Para incorporar a otros países en este mundo, EE UU debe aclarar su compromiso con el sistema. El país ha sido capaz de tener lo mejor de dos mundos. Es el que establece las reglas, pero no siempre juega de acuerdo con ellas. Y olvide los estándares creados por otros. Sólo tres países no usan el sistema métrico -Liberia, Myanmar, y EE UU-. Para seguir dirigiendo al mundo, primero debe incorporarse a él.
Los estadounidenses -particularmente el gobierno- no han comprendido el crecimiento de los demás. Éste es uno de los relatos más emocionantes de la historia. Miles de millones de personas escapan de la pobreza abyecta. El mundo se enriquecerá y se ennoblecerá cuando se conviertan en consumidores, productores, inventores, pensadores, soñadores y hacedores. Todo esto ocurre gracias a las ideas y acciones estadounidenses. Durante 60 años, EE UU ha impulsado a los países a abrir sus mercados, liberar su política y abarcar el comercio y la tecnología. Diplomáticos, hombres de negocios, e intelectuales estadounidenses han instado a los pobladores de naciones distantes a que no teman al cambio, a unirse al mundo avanzado, a aprender los secretos de nuestro éxito. Sin embargo, conforme empiezan a hacerlo, perdemos la fe en tales ideas. Nos hemos vuelto recelosos del comercio, la apertura, la inmigración y la inversión porque ahora no se trata de estadounidenses que van al extranjero, sino de extranjeros que vienen a EE UU. Conforme el mundo se abre, nosotros nos cerramos.
En las generaciones futuras, cuando los historiadores escriban sobre estos tiempos, podrían observar que, a principios del siglo XXI, EE UU habrá cumplido su gran misión histórica -globalizar el mundo-. No queremos que escriban que, por el camino, nos olvidamos de globalizarnos a nosotros mismos.
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Fareed Zakaria was named editor of Newsweek International in October 2000, overseeing all Newsweek's editions abroad. The magazine reaches an audience of 24 million worldwide. He writes a regular column for Newsweek, which also appears in Newsweek International and fortnightly in the Washington Post. He also hosts an international affairs program, Fareed Zakaria GPS, which airs Sundays worldwide on CNN.
Zakaria was the managing editor of Foreign Affairs, the widely-circulated journal of international politics and economics. He is the author of several books, including The Future of Freedom, which was a New York Times bestseller and has been translated into 20 languages. His new book, The Post American World, was published in May 2008 and became an instant best-seller.
Zakaria has won several awards for his columns and cover-essays, in particular for his October 2001 Newsweek cover story, "Why They Hate Us." In 1999, he was named "one of the 21 most important people of the 21st Century" by Esquire magazine. In 2007, he was named one of the 100 leading public intellectuals in the world by Foreign Policy and Prospect magazines. He has received honorary degrees from many universities. He serves on the board of Yale University, The Council on Foreign Relations, The Trilateral Commission, and Shakespeare and Company.
He received a B.A. from Yale and a Ph.D. in political science from Harvard. He lives in New York City with his wife, son and two daughters. (Updated March 2008)